Imágenes de la guerra: Ernst Friedrich y Curzio Malaparte

En la primavera de 1943, uno de los pacifistas más connotados que conociera el siglo XX europeo, Ernst Friedrich, terminó por unirse a la resistencia armada en el sur de Francia. No es improbable que, mientras permanecía escondido en los Alpes franceses, se hubiese cruzado sin darse cuenta con un capitán del 5º Regimiento de Alpinos de Italia que, invadido por la vergüenza que le causaba su país, redactaba una crónica clandestina sobre las infamias de Mussolini. Su nombre era Curzio Malaparte.

por Federico Galende I 16 Marzo 2021

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En la primavera de 1943, uno de los pacifistas más connotados que conociera el siglo XX europeo terminó por unirse, cuando no le quedaba ya otra posibilidad, a la resistencia armada en el sur de Francia. Se llamaba Ernst Friedrich, dejó un libro imprescindible, titulado ¡Guerra a la guerra!, y además de partisano, archivista y obrero, se desempeñó durante la guerrilla como tipógrafo: transcribió en la clandestinidad informes impresos en letras cifradas que burlaban los controles de la Gestapo y el frente alemán.

Este último oficio lo había aprendido 30 años atrás, en el corazón de lo que se conoció como la Gran Guerra, montando pacientemente una colec­ción de recortes de periódicos, cartas y documentos iconográficos con los que apuntaba a componer (a la manera de Aby Warburg, quien también trabajaba ese año en Hamburgo en un diario de guerra destinado a desenmascarar la “red telegráfica de mentiras teji­das por el gobierno alemán”) un pequeño museo. El museo estaría dedicado a instruir a los niños que el Káiser Guillermo II preparaba para la guerra, regalán­doles soldaditos de plomo y enseñándoles a jugar a las armas con palos de escoba. Las imágenes de Friedrich eran útiles para que comprendieran desde pequeños cómo habían acabado los niños de la generación que los precedía: convertidos en cadáveres hervidos por el fuego, en esqueletos y cráneos que se amontonaban en las trincheras con sus harapos mudos flameando al viento sobre los campos de batalla.

En el manifiesto con el que encabezaba su libro, Friedrich menciona que por cada soldado mutilado y abocado a la mendicidad, debería alguien como el Káiser –cualquier aristócrata o miembro de la élite– salir a mendigar con él, así como corresponde que se incendien los palacios y los castillos por cada aldea incendiada en la guerra. Páginas más adelante, una fo­tografía de su colección exhibe a Guillermo II durante una de sus inspecciones a aquellos campos de muerte: camina sobre una larga pasarela de madera que envió a construir especialmente para que sus botas, recién lustradas, no se ensuciaran por el contacto con la tie­rra empapada de sangre. De una cobardía y descaro que calan los huesos, la foto había sobrevivido a la seguidilla de saqueos, quemas y destrucciones a los que fue sometido el museo de Friedrich, transporta­do de un país a otro, mientras su creador huía de una Alemania en la que lo habían condenado a la pena de muerte, y de una serie de cárceles y manicomios en los que había sido encerrado una y otra vez.

No es improbable que en aquel mes de junio de 1940, mientras permanecía escondido en los Alpes franceses, se hubiese cruzado sin darse cuenta con un capitán del 5º Regimiento de Alpinos de Italia que, in­vadido por la vergüenza que le causaba su país, redac­taba por esos días en un refugio situado al pie del Mont Blanc, en realidad una casita de piedra sin ventanas de la que salía para tomar un poco de aire y conversar con los jóvenes del supuesto bando enemigo, una crónica clandestina sobre las infamias de Mussolini. La crónica novelada se titula “El sol está ciego” y su autor, Curzio Malaparte, comenzaba con una “declaración necesaria”, texto que buscaba dar cuenta de su proceso de trans­formación en el frente.

Mientras en 1943 un pacifis­ta como Friedrich se sumaba a la guerra de guerrillas, experimentando en carne propia la irremediable ver­dad de que hasta la paz requiere en ocasiones que un pueblo cansado se levante en armas, Malaparte hacía el camino contrario: dejaba atrás las medallas y los uni­formes para alistarse como el único corresponsal ho­nesto que conocería la Italia fascista durante el asedio de Leningrado.

Su escrito, como él mismo explica, se planta en el nudo de un drama desgarrador para el pueblo italiano: “El de sentirse, quizá por primera vez en el curso de su antiquísima historia, fuera de la conciencia civil del mundo, pues nunca como en este ataque a traición con­tra la Francia vencida y humillada, ha tenido el pueblo italiano una conciencia más profunda de los límites de su culpa y de su inocencia, más vergüenza de sí mismo y de su cobardía”.

Era evidente que Malaparte no ocultaba sus sen­timientos, como tampoco los miembros de su tropa, que sí estaban con la Francia asesinada, humillada y vencida, por cuyas montañas escarpadas deambulaba en ese momento Ernst Friedrich. Y todo eso suce­día porque un gobierno de mediocres había enviado a asesinar por la espalda a un pueblo que no solo es­taba ya de rodillas, sino del que formaban parte los campesinos pobres y generosos que, durante los he­lados inviernos alpinos, daban trabajo y comida a los mismos soldados italianos que ahora debían pasarlos por los fusiles. Nadie quería hacerlo, los soldados se rehusaban sencillamente a asesinar a sus viejos compañeros de trabajo, y del flamante capitán que es­cribía novelas clandestinas para dar la razón a sus ene­migos se podría decir lo mismo que dijo él de uno de los combatientes obreros a los que divisó tiempo más tarde en Besarabia: que de repente tiró el cigarrillo, se quitó el casco, se rascó la cabeza y se largó.

Sin embargo, el dolor de aquellos días no lo dejaría nunca tranquilo y por eso, mientras en 1943 un pacifis­ta como Friedrich se sumaba a la guerra de guerrillas, experimentando en carne propia la irremediable ver­dad de que hasta la paz requiere en ocasiones que un pueblo cansado se levante en armas, Malaparte hacía el camino contrario: dejaba atrás las medallas y los uni­formes para alistarse como el único corresponsal ho­nesto que conocería la Italia fascista durante el asedio de Leningrado. Allí se enamoró de los obreros organi­zados que, si soportaban las hambrunas y las feroces embestidas de los alemanes, no era más que en virtud de su increíble capacidad de sufrir, y también de las refinadas milicianas que caminaban rodeadas de gan­sos con sus trenzas larguísimas, del proletariado que brotaba de todas las casas con fusiles improvisados y de los marineros de la flota del Báltico que –todo hay que decirlo– entregaron sus vidas para salvar al plane­ta de que fueran los nazis quienes señorearan sobre esta Tierra.

Mientras Friedrich montaba en la resistencia sus tipografías, sin separarse ni un segundo del archivo sobre los crímenes de guerra que lo acompañaría has­ta sus últimos días, el excapitán Malaparte era como si recibiera sus impresiones caminando sobre la super­ficie congelada de un riachuelo que desembocaba en el Ládaga, a una centena de kilómetros de Leningra­do, donde de pronto se quedó extasiado contemplando no solo el agua celestial que corría bajo sus pies, sino también, grabados en el cristal transparente, una fila de máscaras de vidrio que lo miraban fijamente. Era una fila de rostros humanos jóvenes y preciosos, estampa­dos en una imagen colmada de piedad y de dulzura. Sucedió que los cuerpos de los soldados soviéticos que habían caído barridos por el fuego enemigo cuando in­tentaban cruzar el río, atrapados durante todo el invier­no en el hielo, habían sido arrastrados por la primera corriente primaveral del río, que los había liberado de sus ligaduras de hielo pero había dejado sus rostros im­presos, grabados, en el gélido cristal azul verdoso. Mi­raban con una atención tranquila, como si lo siguieran con los ojos.

Cuando volvió por la tarde a aquel inmenso sepul­cro de vidrio, el sol había ya casi derretido los sudarios de hielo, y ya no eran más que un recuerdo, la som­bra de los rostros, que habían sido ya borrados por el sol, suavemente.