
por Federico Galende I 24 Febrero 2026
Así como en el castellano de España el apelativo de tío o tía se emplea con un dejo de coloquialismo informal, en Chile, como es ampliamente conocido, se lo utiliza con mucho cariño y de una manera bastante libre. Los pequeños llaman así a sus maestras, a las vecinas, al papá de un amigo, y ese voto de familiaridad y confianza dura hasta que son mayores, lo cultivan en calidad de ritual y se lo destinan, más tarde, a cualquier persona común y corriente que se haya ganado las simpatías del pueblo. Es cierto que hay casos excepcionales, como el de Don Francisco, a quien si la palabra tío no aplica es porque se lo reconoce como el dueño de la fábrica que los produce.
Uno de sus logros más depurados es, sin duda, el tío Valentín, a quien tras llevar la delantera en popularidad durante mucho tiempo, le salió al paso en los últimos años otro tío: el tío Emilio. Ambos son tíos importantes, con toda probabilidad los más célebres del país, y aunque el pueblo los adora por igual, lo hace repartiéndose las predilecciones, ya que también son muy diferentes. Incluso, equidistantes. Y como el pueblo es siempre una resta que se divide en dos (por más que en todas las épocas se lo haya soñado unido), algunos prefieren a un tío, otros prefieren al otro, y el contrapunto es interesante en la medida en que expresa bastante bien este fenómeno que los analistas de ahora llaman “polarización”.
Para lo que vendría siendo más o menos la mitad del país, el tío Emilio es percibido como una suerte de terrorista de las cajas chicas, que persigue al taxista que le cobra en el aeropuerto unos pesos más al turista (igual se nota que al tío le caen más simpáticos que los inmigrantes) o al feriante que adultera la balanza de las verduras, mientras se le pasan por alto las camionadas de dólares que lava todos los días el poder financiero construyendo elefantes blancos con el fin de hacer desaparecer, en alguna guarida fiscal, los ahorros de la nación. A la otra mitad, en cambio, esto no le preocupa tanto; lo ve más como una cosa abstracta (o irremediable si fuera concreta) y se siente agradecida de contar con un servidor público que desnuda a los delincuentes que merodean por el barrio. Mal que mal el bombero que se queda con algo de dinero cuando nos echa bencina representa un problema más próximo que el que nos causa el bróker que juega a la ruleta con nuestros aportes jubilatorios en un sótano de Wall Street, lo que es menos una ideología que una manera de sentir las cosas.
El tío Valentín las siente evidentemente de otra manera, y por supuesto que esto lo conduce también a estar rodeado de acólitos y detractores. Hay quienes lo han criticado mucho recientemente por no ser tan buen músico como para merecer el Premio Nacional, y a una buena parte de la mitad que sigue al tío Emilio no le gusta esto de que sea comunista. El resto no está en contra de que se haya ganado ese reconocimiento, y algunos lo consideran incluso el primer operador de sonido de este país, rememorando los tiempos en los que dialogaba con el animador de un célebre programa infantil y se limitaba a improvisar en el piano figuras melódicas instantáneas que marcaban los ritmos y hacían los contrapuntos. Si el animador decía algo grave, él tocaba los bajos; así como garabateaba figuras con las agudas cuando hablaba de un bosque o se iba a una escala menor cuando la historia era triste o desafortunada. A esta parte de la gente tampoco le importa que el tío Valentín sea comunista, no les parece que sea un defecto o a lo mejor sí, pero no si es capaz de exhibir esa humildad, esa ternura, esa facultad insobornable para disfrutar siempre con alegría de un segundo plano.
En este aspecto, el tío Emilio tiene mayor capacidad de liderazgo, como lo exhibe el hecho de que por lo general aparezca en primer plano, invitando al espectador con un movimiento pícaro de la mano a que lo siga en dirección a un plano de fondo que demuestra que muchas veces, detrás de la discreción, del bajo perfil o el anonimato, se esconden verdaderas ratas que erosionan la economía del ciudadano honrado. Operan muchas veces bajo nuestras narices, al lado de nuestra casa, y no lo veíamos, lo que naturalmente induce a especular sobre todo lo que desconocemos de las personas que nos son cercanas.
¿Cómo dice el tío Emilio? “Te pillé po compadre”; una frase asertiva que el tío Valentín no podría jamás esgrimir a causa de su miopía, tan profunda que sus ojitos no llegan a los cristales de aumento. Lo que Valentín tiene más desarrollado es el oído, que a lo mejor con la edad se le ha ido apagando, pero con el que de todos modos da pruebas de seguir escuchando la música que hacen las chicas jóvenes, los sueños que sueñan los niños, las penas de algún vecino y las extrañas y aborrecibles noticias del mundo que hace todo por tratar de comprender.
No existen referencias de que alguna vez se hayan juntado a charlar, a pesar de que los dos trabajaron durante diferentes épocas en el mismo canal. El pueblo, como sabemos, puede hacer match con figuras que son opuestas. Uno es más cartesiano, así que lo que nos recomienda es que invirtamos nuestro dinero en protegernos (en primer lugar, de nosotros mismos, de los impulsos y deseos, y de nuestras “corazonadas” con los demás); el otro, quién sabe si más propenso a Spinoza, nos dice que mejor lo invirtamos en extender la mesa, ya que la felicidad consiste en no desperdiciar los afectos.
Nos devuelven con esto, como siempre es lindo que suceda, la historia de todas nuestras luchas plegada en dos pequeñas alegorías, para nada inactuales si se contempla que tan solo en unos pocos meses más tendremos que elegir —también una vez más— por una de ellas.