La guerra fantasma de la transición

En su nuevo libro, Jóvenes pistoleros, el periodista Juan Cristóbal Peña reconstruye la historia del Frente Patriótico Manuel Rodríguez en los 90, cuando dieron muerte a Jaime Guzmán. Siguiendo la ruta de Ricardo Palma Salamanca, relata la historia íntima de un grupo de jóvenes que tomó las armas cuando llegaba la democracia. Narrada casi como una novela, es la historia de una batalla prácticamente perdida de antemano. Es un relato oculto de la transición que encuentra en otro libro un complemento perfecto: Cazar al cazador, una investigación de Pascale Bonnefoy, sobre la pequeña unidad de la PDI que en esos mismos años inició la detención de los grandes torturadores y agentes de seguridad de la dictadura.

por Roberto Careaga C. I 20 Noviembre 2019

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En Curanilahue lo conocían como Claudio. Era apicultor y en el último tiempo había montado una vulcanizadora y comerciaba con neumáticos de segunda mano. Era un hombre querido en el pueblo y todos sabían quién era, por lo que cuando llegaron tres jóvenes preguntando por él lo ubicaron rápido. Lo fueron a ver a su negocio, cruzaron un par de palabras y acordaron verse más tarde en un camino cercano. Ahí, mientras empezaba a llover, Claudio se arrodilló y recibió dos disparos en la cabeza y otros dos en la espalda. Aparentemente no opuso resistencia. Era un martes 11 de octubre de 1995. Al que habían matado no era exactamente a Claudio, sino a Agdalín Valenzuela, militante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez que hacía tres años había intentado montar en la zona una guerrilla, sin el más mínimo éxito. Lo que sí consiguió fue ser un muy útil informante de La Oficina, el reservado organismo de inteligencia del gobierno cuyo trabajo permitió detener en 1993 al comandante Ramiro, probablemente el más temido jefe rodriguista.

Nacido en 1965, Agdalín Valenzuela había sido un hombre especialmente cercano a Ramiro y, hasta cierto momento, un rodriguista ejemplar, con entrenamiento militar en Cuba, quizás también en Angola y Nicaragua. Y tras varias misiones en los 80, en los 90, con la democracia desplegándose, siguió operando. Un poco a regañadientes, aunque tan disciplinado que aceptó la tarea que le encomendó el Chele, otro de los comandantes clave del Frente Autónomo, para echar andar las bases de una guerrilla en torno a la cordillera de Nahuelbuta que sería, en una idea quizá algo fantástica, la plataforma de las Fuerzas Armadas Rodriguistas. Apoyado por apenas dos personas, en el camino se fue quedando solo, sin recursos y, no sería raro, sin el suficiente ánimo para dar una lucha perdida de antemano. Entonces creyó ver una salida en La Oficina, la entidad dirigida por Marcelo Schilling creada por La Moneda para desactivar a los últimos grupos guerrilleros. Si no fuera porque a través de él fue posible detener a Ramiro, Agdalín Valenzuela habría sido otras de las notas al pie en la historia de los rodriguistas.

Pero Agdalín Valenzuela fue un símbolo del destino gris por el que avanzó el FPMR –en su facción Autónoma, lejos del PC– tras el fin de la dictadura y en el regreso de la democracia: después de matar a Jaime Guzmán y secuestrar a Cristián Edwards, el grupo guerrillero empezó a desintegrarse y perder el rumbo, hasta verse acorralado por la policía e incluso carcomido por los agentes del gobierno de Patricio Aylwin. Agdalín intentó continuar con el lema de “vencer o morir”, pero secretamente se había rendido y su historia aparece como un destello que ilumina la derrota en Jóvenes pistoleros, la enorme investigación de Juan Cristóbal Peña (Los fusileros) sobre una generación que tomó la armas para enfrentarse a la dictadura y terminó dando una batalla fantasma.

Vidas rotas en las armas

Siguiendo la trayectoria de Ricardo Palma Salamanca, el Negro Palma, el joven de 22 años que ejecutó a Guzmán en 1991, Juan Cristóbal Peña reconstruye los años en que el FPMR decidió seguir en guerra ante lo que consideraban una democracia hecha a la medida de Pinochet. Y son años rarísimos, políticamente ambivalentes y difusos, en parte porque la épica con que se movían era un remanente que para algunos se estaba agotando: para el comandante Ramiro, uno de los que organizó el atentado contra Pinochet en 1986, fue su norte permanente, acaso porque él mismo había participado en la guerrilla centroamericana, pero al Negro Palma el horizonte a veces se le nublaba: el día en que secuestraron a Cristián Edwards él estaba encargado de trasladarlo en un auto hasta la casa-retén, pero, como documenta Peña, en el camino se pegó un disparo en el muslo para tratar de liberarse de su trabajo en el secuestro.

Agdalín Valenzuela fue un símbolo del destino gris por el que avanzó el FPMR –en su facción Autónoma, lejos del PC– tras el fin de la dictadura y en el regreso de la democracia: después de matar a Jaime Guzmán y secuestrar a Cristián Edwards, el grupo guerrillero empezó a desintegrarse y perder el rumbo, hasta verse acorralado por la policía e incluso carcomido por los agentes del gobierno de Patricio Aylwin.

A la larga, Palma de todas maneras debió ser celador de Edwards, pues a estas alturas ya había tomado una decisión de vida al convertirse en rodriguista. Y en gran medida, lo que hace Peña en Jóvenes pistoleros es reconstruir cómo y por qué Palma y otros jóvenes de su edad, a fines de los 80, pasaron de las protestas escolares a lanzarse a la lucha armada. Hijos de familias de izquierda bien educados, muchos afectados directamente por la represión de la dictadura, optaron por un camino de no retorno, entre otras razones, seducidos por la idea de tomar la justicia en sus manos mientras la Concertación optaba por la justicia en la medida de lo posible. Eso fue lo que hicieron Palma y Emilio (Raúl Escobar Poblete), otro soldado, al asesinar al coronel de Carabineros Luis Fontaine, por su responsabilidad en el Caso Degollados, el 11 de octubre de 1990.

Cuando Palma descargó su resolver contra el coronel Fontaine tenía 20 años y ya llevaba varios años preparándose para la acción. Peña documenta todo ese camino desde una perspectiva particular y, por cierto, personal: con 13 años el autor llegó al Francisco Miranda, un colegio que congregaba a hijos de familias de izquierda y casi todos víctimas de la dictadura, donde fue compañero de Miska, como todos conocían a Silvia Brzovic, quien unos años después pasaría a ser Natalia en las filas del Frente Autónomo y, más importante aún, pareja por décadas de Palma e incluso esporádica pareja también del comandante Ramiro. Peña no estuvo ni cerca de militar en algún partido, mucho menos de ser un rodriguista, pero vio de reojo a esos escolares que luego, sin que él supiera, pasaron a tomar las armas. Años después, cuando empezó a investigar estos temas, se reencontró con ese pasado y, suerte para los lectores, pudo acceder a testimonios por años impenetrables.

Esto es obvio, pero no habría que olvidarlo: la del FPMR es una historia clandestina, poblada de hombres y mujeres sin nombre que, a veces, desaparecen para siempre sin dejar huellas, y que hacia los 90, cuando empieza a operar La Oficina, se vuelve aún más escurridiza, pues proliferan los informantes, los rodriguistas se tornan nómades permanentes y cada vez quedan menos rastros. Los grandes hitos están ampliamente documentados –asaltos, atentados, ajusticiamientos, secuestros, fugas–, pero lo que hace Peña es entregarle un contenido a esa cronología: desentrañando una madeja fantasma, poniéndole rostro y biografía a comandantes y soldados, cuenta la intimidad de un puñado no tan pequeño de vidas rotas por el lema “vencer o morir”, como si se tratara de una novela. Una de esas novelas sin ficción de las que hoy tanto se habla. Y es así: si la ficción chilena no ha entregado la novela sobre la transición a la democracia, el periodismo lo acaba de hacer. Peña lo acaba de hacer.

En esta novela, la trama está cargada de suspenso, giros imprevistos, persecuciones, tragedias, muertes e historias de amor. La política suena a retórica obsoleta y vacía cuando, por ejemplo, quien la usa es un hombre que va a terminar liderando una banda de secuestros en Brasil. Ese es el comandante Ramiro, un hombre solitario, magnético, implacable y narcisista que, no pocas veces, se vuelve el antagonista del Negro Palma, un hombre efectivo en la lucha y casi siempre de sangre fría, pero también titubeante y retraído. Miska, su pareja, es la fuerza de la naturaleza, y con ella el Negro va a encontrar la calma cuando deserten de la guerra, consiguiendo la consolidación de un amor –escondidos en México bajo otras identidades– que era imposible al calor de la lucha rodriguista. Peña es quien cuenta su historia, pero también deja que aparezca recurriendo a múltiples materiales: declaraciones judiciales, cartas privadas, libros escritos por los personajes y también innumerables entrevistas a los protagonistas, incluidas unas muy recientes hechas en Francia a Miska y a Palma.

Lo que hace Peña en Jóvenes pistoleros es reconstruir cómo y por qué Palma y otros jóvenes de su edad, a fines de los 80, pasaron de las protestas escolares a lanzarse a la lucha armada. Hijos de familias de izquierda bien educados, muchos afectados directamente por la represión de la dictadura, optaron por un camino de no retorno, entre otras razones, seducidos por la idea de tomar la justicia en sus manos mientras la Concertación optaba por la justicia en la medida de lo posible.

La caza policial

Ramiro, el Negro Palma y la Miska son, en cualquier caso, un triángulo complejo, algo inexplicable, que más allá de sus particularidades también reflejan un momento político de una izquierda armada que siguió adelante sin importarle que el barranco estuviera en el siguiente paso. Pero, como explica Peña, la cuestión era mucho más difusa para esa izquierda en el inicio de los 90, que también incluía a guerrilleros retirados que trabajaban para desactivar a los que aún operaban. Y estaban inesperadamente cercanos: mientras Cristián Edwards permanecía secuestrado, Palma dejó momentáneamente la casa-retén y llegó agobiado donde su hermana, Marcela, a quien si bien no le dio detalles de lo que estaba haciendo, le contó que estaba evaluando dejar el frente. En ese momento, narra Peña, Marcela trabajaba nada menos que en La Moneda, en la Secretaría General de Gobierno, y su jefe era Luis Antonio Ramos, un socialista que alguna vez había tomado también los fierros, pero que a esas alturas colaboraba reservadamente en La Oficina.

Antes de contarle a Ramos de la situación de su hermano, Marcela Palma se la contó a una amiga que también era su siquiatra, quien le traspasó todo a su pareja, un sociólogo socialista llamado Lenin Guardia, un hombre de pasado increíble, mirista, exiliado, pero también dedicado a la inteligencia militar y eventualmente informante de la Dirección de Inteligencia Nacional del Ejército (DINE). Guardia escuchó a Marcela y le ofreció ayudar a su hermano mientras él colaborara. Según cuenta Peña, Guardia le pasó la información al ministro del Interior, Belisario Velasco, pero cuando esta llegó a La Oficina, adentro desconfiaron de Guardia. Paralelamente, Marcela también habló con su jefe, el agente oculto de La Oficina, pero la información fue desechada. En parte porque ya tenían a otro informante trabajando que les daba esperanzas: Agdalín Valenzuela, por quien finalmente llegarían a Ramiro.

Mientras Peña va siguiendo los pasos de Palma, Miska, Ramiro y compañía, también va mapeando un sistema policial que los acorrala y, entre ellos, perfila al subcomisario Jorge Barraza, un viejo policía formado en los 80 que podría dar para un libro por sí mismo: miembro de Investigaciones con un pasado en la CNI y procesado por el asesinato del matrimonio formado por los miristas Sergio Flores y María Verónica Cienfuegos en 1981, era un detective a la antigua, que sería clave para desmantelar al Movimiento Lautaro y fue decisivo para detener a Palma tras el secuestro a Edwards. Por cierto, era un sujeto muy cuestionado al interior del gobierno, y aquí se vuelve perfecto abrir otro libro para complementar la historia de Jóvenes pistoleros: la investigación Cazar al cazador, de Pascale Bonnefoy, que narra la historia de la Comisión de Análisis y Coordinación Institucional (CACI), una unidad del Departamento V de la PDI que surgió en 1991 para perseguir a los violadores de derechos humanos de la dictadura responsables por los crímenes registrados en el Informe Rettig.

En la CACI, un grupo muy pequeño de detectives jóvenes y lejanos a las burocracias criminales que habían operado en la dictadura, avanzan buscando a los grandes criminales. Acá no hay épica ni heroísmos, tampoco hay sangre, sino pura precariedad: Bonnefoy relata cómo la unidad a cargo del detective Luis Henríquez investigó y logró detener a torturadores como Osvaldo el “Guatón” Romo; Miguel Estay Reino, el Fanta; Eugenio Berríos, químico de la DINA; y también a Manuel Contreras y Paul Schäfer, entre otros. Fue un equipo acotado, que cuando empezó a trabajar ni siquiera tenía un auto asignado: a veces tenían que ir en micro a detener a los torturadores más oscuros: el primer agente que detuvieron fue Osvaldo Trujillo, el “Colmillo Blanco”, parte del Comando Conjunto, a quien el policía Hugo Rebolledo fue a verlo solo a su casa, pagando su pasaje en el transporte público. Inesperadamente, “Colmillo Blanco” accedió a declarar ese mismo día y regresaron ambos a la oficina en micro, cuenta Bonnefoy.

Encomendado por la justicia, la CACI inicia su trabajo casi en solitario, mal mirada por sus colegas en la PDI y con ayudas a cuentagotas de La Moneda. Y una vez que empiezan a rastrear a militares comprometidos en delitos de DD.HH., las Fuerzas Armadas cierran filas con los suyos y por ahí no pueden avanzar: las condiciones de los pactos políticos no les permiten abrir esas puertas.

Más episódico que Jóvenes pistoleros, Cazar al cazador igualmente indaga en la zona gris de la transición a la democracia. Encomendado por la justicia, la CACI inicia su trabajo casi en solitario, mal mirada por sus colegas en la PDI y con ayudas a cuentagotas de La Moneda. Y una vez que empiezan a rastrear a militares comprometidos en delitos de DD.HH., las Fuerzas Armadas cierran filas con los suyos y por ahí no pueden avanzar: las condiciones de los pactos políticos no les permiten abrir esas puertas. Entonces los detectives –que para ingresar al equipo leen como rito de inicio el Informe Rettig de punta a cabo– se lanzan a buscar a los civiles y, como primera tarea, elaboraron un archivo con las identidades de los agentes que operaron en la DINA. El primero lo hizo el agente José Miranda, que en unas hojas de papel roneo fue pegando fotos en las que al lado o abajo se podía leer, con un plumón grueso, los datos personales.

El archivo solo tomó forma cuando la CACI logró ubicar a la Flaca Alejandra y a Luz Arce, dos mujeres que de ser parte de las filas de la Unidad Popular pasaron a ser agentes de la DINA –delatoras, informantes, colaboradoras–, tras ser doblegadas después de las torturas. Alejandra tenía “otra vida” en Santiago cuando la ubicaron y Arce estaba lejos de todo, en Austria. Pero hacia 1992, casi al mismo tiempo que el Frente Autónomo se dispersaba tras el secuestro de Edwards y el Negro Palma era capturado por el subcomisario Barraza, a las oficinas de la PDI llegaban Alejandra y Arce para contar todo lo que sabían. Como documenta Bonnefoy, estuvieron semanas describiendo la manera en que operaba la DINA, precisando un organigrama de sus funcionarios y cada una de sus detenciones con detalles. “La matriz partió ahí, con Luz Arce”, cuenta el detective José Miranda, que luego pasó meses buscando a todos los que ella había mencionado en su declaración.

Los policías de la CACI fueron deteniendo a funcionarios de la DINA, algunos en Brasil, como el Guatón Romo, o en Paraguay (donde estaba el Fanta), e incluso viajaron a Estados Unidos para tomarle declaración a Michael Townley. Todos hablaban: habían sido abandonados por los militares; no iban a caer solos. Y mientras la unidad trabajaba, siempre con los recursos justos y a veces menos que eso, se desplegaba una batalla entre el Palacio de Tribunales y la Justicia Militar por los primeros procesamientos a militares. De fondo, el ambiente político se crispaba y sucedían incidentes como el Boinazo, en 1993, en que el Ejército demostraba su fuerza en las calles por los famosos pinocheques. Bonnefoy nunca es demasiado explícita para decirlo en Cazar al cazador, pero haciendo su trabajo y nada más que su trabajo, los policías de la CACI operaban como unos héroes silenciosos después de años en que la justicia había sido negada brutalmente.

Ni vencer ni morir

Por supuesto, Chile vivía una resaca tras la dictadura. Una resaca terrible, aunque a veces parecía oculta tras la “alegría” que llegaba al volver a la democracia. Y tanto Cazar al cazador como Jóvenes pistoleros exploran algunas de las zonas más oscuras de esos años: porque mientras nos convertíamos en los jaguares de Latinoamérica, también hubo quienes debieron recoger los escombros del horror por el que había atravesado el país. Un grupo de detectives fue por los torturadores y los criminales, sorteando todo tipo de barreras que las Fuerzas Armadas pusieron sistemáticamente para que no los alcanzaran. El camino era larguísimo y, de hecho, aún no ha terminado. Quizá por eso no es descabellado llegar a comprender la ruta del Frente Autónomo como la narra Cristóbal Peña: el derrotero de la guerrilla fue pura agonía.

Detenido el comandante Ramiro en 1993, la última gran acción de los rodriguistas fue un espectacular escape de la Cárcel de Alta Seguridad el 30 de diciembre de 1996. Ahí iban Ramiro y el Negro Palma. No había mucho más que hacer que huir de lo que alguna vez Peña llama ‘una guerra inexistente que les había pasado por encima’.

Detenido el comandante Ramiro en 1993, la última gran acción de los rodriguistas fue un espectacular escape de la Cárcel de Alta Seguridad el 30 de diciembre de 1996. Ahí iban Ramiro y el Negro Palma. No había mucho más que hacer que huir de lo que alguna vez Peña llama “una guerra inexistente que les había pasado por encima”. Lo que vino fue desaparecer. O intentarlo, al menos. Ramiro siguió dando una batalla, moviéndose entre guerrillas ya fantasmagóricas por América Latina, hasta que en Brasil fue detenido por el secuestro del publicista Washington Olivetto. Palma aparentemente dejó atrás su vida de guerrillero y junto con Miska cambió de vida. Solo reapareció a la luz pública cuando Emilio, su viejo compañero de armas, con quien ejecutó al coronel Fontaine, fue detenido en México acusado de varios secuestros, en la misma ciudad donde él vivía.

Si el recorrido de Ramiro tras la fuga de la cárcel está bastante bien documentado, el de Palma aún tiene visos nebulosos. En el relato que entrega Peña, tras escapar de la cárcel Palma se reunió con Miska en Buenos Aires, retomaron su relación, pasaron por La Habana y, luego, se instalaron en San Miguel de Allende, una ciudad mexicana en el estado de Guanajuato. Él se convirtió en fotógrafo y asistente de producciones audiovisuales, y ella en galerista y marchante de artes. Él era Esteban, ella Pilar. Fueron padres de dos hijos y estuvieron juntos hasta separarse en 2007. Ninguno se fue de la ciudad. Nadie sabía de su pasado, salvo unos vecinos de los que habían sido muy cercanos: Emilio y la que había sido su pareja, Ximena, que también había sido frentista. Por cierto, Emilio y Palma se veían, en los primeros años llegaron a trabajar juntos, pero según Peña su relación se hizo cada vez más distante. Todos, los cuatro chilenos, iniciaron otras vidas y frecuentaron a otros círculos. Eso sí, nunca dejaron de saber del resto.

En mayo de 2017 Emilio fue detenido portando un sobre con un trozo del dedo meñique y unas cartas manuscritas sobre un secuestro –que estaba en curso– de la estadounidense Nancy Michelle Kendall. Cuando se enteró la actual esposa de Emilo, llamó a Ximena, la ex, para contarle lo que pasaba. Poco después, Ximena llamó a Miska y al rato ella se lo contó a Palma. No queda del todo claro qué información corrió en esas llamadas, pero claramente en esas horas se quebró toda la vida clandestina que habían armado. Peña relata que esa misma noche Miska llevó a todos los chilenos al aeropuerto, incluido a sus hijos, y al día siguiente tomaron un avión a La Habana. A Ximena no la dejaron entrar a Cuba y poco después fue detenida en Chile. Mientras tanto, Miska y Palma estuvieron unos días en la isla hasta que el 13 de junio de 2017 aterrizaron en Francia y, por primera vez en décadas, entregaron sus nombres verdaderos. También dijeron ser perseguidos políticos chilenos. Paralelamente, en México se inició un proceso contra Emilio por secuestro y hoy está condenado a 60 años de prisión.

¿Estaba de alguna forma involucrado Palma en los secuestros de Emilio? Y si no lo estaba, ¿qué tanto sabía? Y ¿qué sabía Miska? ¿Arrancaron de México solo ante el temor a que tirando del hilo de Emilio la policía llegara a ellos para luego ser extraditados a Chile? En Jóvenes pistoleros Peña no responde del todo ninguna de las preguntas; se limita a exponer el miedo de una vida clandestina amenazada y a trazar unos retratos íntimos en medio de la crisis: Miska vuelve a ser una fuerza de la naturaleza, decidida e imparable, y Palma vuelve a ser un hombre titubeante, temeroso. Sin ella no hay escape, tampoco aterrizaje en Francia. Sin ella quizá qué hubiera pasado. Todavía, sin embargo, no sabemos exactamente qué pasó en el tránsito final de esta historia. Lo que sí sabemos es que el viejo lema rodriguista, por el que alguna vez estuvieron dispuestos a dar la vida, ya no corre. Vencer o morir, decían. Ahora, pues, no queda más que vivir. A toda costa.

 

Jóvenes pistoleros. Violencia política en la transición, Juan Cristóbal Peña, Debate, 2019, 434 páginas, $16.000.