
En el palacio de la familia donde creció el filósofo Ludwig Wittgenstein había siete pianos de cola. Era frecuente que entre los invitados estuvieran Richard Strauss y Johannes Brahms, y el padre, la madre y todos los hermanos, además de tocar el piano, dominaban otro instrumento. Cualquiera que asistía a los conciertos de la familia pensaba que allí estaba la viva imagen de la felicidad, el amor mutuo y el talento. Pero era, en realidad, el único punto de encuentro, como lo demuestra un reciente libro que recoge la correspondencia entre algunos de los hermanos Wittgenstein entre 1908 y 1951. Algo oscuro e innombrable sucedía en una familia en la que se suicidaron tres de los ocho hermanos, y Paul, el pianista profesional, perdió un brazo en la Primera Guerra Mundial.
por Rodrigo Pinto I 5 Marzo 2026
Hay que decir, de entrada, que el título del libro en la edición en castellano (Los Wittgenstein, una familia en cartas) es equívoco. O que en inglés es mucho más preciso y ajustado al contenido: Wittgenstein’s Family Letters: Corresponding with Ludwig, puesto que se trata, en realidad, del intercambio de Ludwig con sus hermanos y uno de sus cuñados, que aparece solo una vez, no —como sugiere el título en castellano— de las cartas de todos los miembros de la familia entre sí. Cada período de tiempo en que se divide la selección —de uno a varios años— está precedido por una breve nota que, salvo muy raras excepciones, sigue la huella de la vida de Ludwig. Esos textos, la introducción al libro, firmada por Brian McGuinness, y las notas (que están al final del libro) son un complemento indispensable para la lectura de las cartas, pero, así y todo, ese material es insuficiente para dar cuenta de la riqueza y diversidad de las vidas de los Wittgenstein.
De ahí que si algo puede quedar de este libro para quienes conocen al filósofo por su obra —que todavía interroga a su tiempo y mantiene viva la discusión en torno a sus tesis— o por su fama, que es mucha, porque es un personaje tan atractivo como enigmático, será el estímulo a la curiosidad. El carácter fragmentario de la correspondencia (se han perdido muchísimas y con mucha frecuencia se leen respuestas a cartas que no están incluidas en el volumen) conspira para establecer alguna continuidad de la biografía coral de la familia. Por otra parte, como es natural, se escribían cuando no estaban en la misma ciudad. La correspondencia se inicia cuando Ludwig está ya en Inglaterra, dedicado a la ingeniería y la aeronáutica, siguiendo la huella de su padre (y siguió en ello varios años). La mayor laguna se produce entre 1926 y 1928, cuando el filósofo vivió en Viena y se volcó a la arquitectura, para construir una casa que todavía es uno de los atractivos turísticos de la capital austriaca, la residencia de su hermana Margaret en la Kundmangasse. También hay muy poco intercambio entre ellos durante la Segunda Guerra Mundial. Y no hay que dejar de lado que entre Ludwig y Paul, el más famoso pianista manco de la historia, había dos temas tabú, la filosofía y la política, puesto que las convicciones de ambos en cada campo eran completamente opuestas.
Pero también está el hecho de que se trata de cartas que abordan solo lateralmente, o no abordan en absoluto, los temas más íntimos y hasta los hechos más notables de las vidas de cada uno; los primeros, porque quedan reservados para la conversación personal; los segundos, porque todos ellos los conocen. Un caso es el de la terrible desgracia de Paul. Y para hablar de ella, es necesario un poco de contexto.
El patriarca de la familia, Karl Wittgenstein, amaba la música, pero no soportaba la idea de que alguno de sus hijos varones se dedicara a ella (y las mujeres, ni hablar). Tampoco le parecía, desde luego, que exploraran la filosofía. Para él, debían dedicarse a la ingeniería y a los negocios. Fracasó en su intento. Murió casi un año antes del debut de Paul como pianista (según indica la bibliografía sobre la familia, Karl no se lo habría permitido), pero ya después de que Ludwig, en Inglaterra, cambiara la ingeniería por la filosofía.
Los hijos tampoco podían contar con el apoyo de su madre, Leopoldine Kalmus. Brian McGuinness escribe, en la introducción, que ella “era una persona de exquisita, incluso excesiva sensibilidad, sumamente musical, sin el menor sentido práctico y, a juzgar por los testimonios, total y absolutamente sumisa a su marido, un hombre de talento y cariñoso”, pero también autoritario y temible, según muchos otros testimonios. Y así tiene que haber sido para forjar una de las mayores fortunas en el ocaso del Imperio austrohúngaro.
Así, Paul inició su carrera pública como pianista en diciembre de 1913, a los 26 años. Al año siguiente, como oficial de la reserva del ejército, fue llamado a incorporarse a las tropas destinadas a Galitzia, la provincia más oriental del imperio, en 1914. Tras pocas semanas, perdió un brazo en enfrentamientos con los rusos. Fue detenido en el hospital donde lo estaban tratando y luego trasladado a un campo de reclusión en Siberia. Solo en 1916 fue incluido en un intercambio de oficiales lisiados y pudo regresar a Viena, con la convicción de continuar, aun con una minusvalía física tan severa, su carrera de instrumentista. El lector de las cartas, sin embargo, solo encontrará breves referencias a ello en los intercambios entre Hermine, la hermana mayor, y Ludwig.
Más dramático es, si cabe, el suicidio de Kurt, el tercero de los varones, en el frente italiano (Ludwig también combatió allí y fue hecho prisionero; en agosto de 1919 retornó a Viena). En una sola carta de Hermine a su hermano filósofo, el lector asiste a los efectos de la nueva tragedia que azotó a la familia, la tercera muerte por mano propia entre los hijos de Karl.
La primera ocurrió en 1902: Hans, el mayor de los hombres, tan talentoso como inestable, había partido a Estados Unidos a explorar los negocios del acero para la familia. Desapareció en el lago Chesapeake. Todo parecía indicar que se trataba de un suicidio, pero Karl, conmocionado por la noticia, prohibió que se hablara de Hans en el hogar. Los hermanos menores cuchicheaban y se hacían eco de espantosos rumores. La familia asumió y reconoció el suicidio solo después de que otro golpe se abatiera sobre los Wittgenstein apenas dos años después: Rudolf, el quinto hijo y tercero de los hombres, se suicidó con cianuro en un café berlinés, incapaz de asumir lo que todo su mundo condenaba, que era homosexual. Kurt, el segundo hijo varón, un “niño grande”, según decía la familia, quedó como el primogénito y heredero de la autoridad familiar, aunque Karl seguía en la escena. En el mismo año de la muerte de Rudolf, los médicos le dijeron a Karl que había enfermado de cáncer de lengua. Fumaba grandes puros cubanos y continuó haciéndolo hasta poco antes de su muerte, a comienzos de 1913.
Impresiona que el tema más recurrente en el intercambio entre los hermanos es la música. No solo por Paul, desde luego. En el palais de la familia en Viena había siete pianos de cola. Dos de ellos estaban enfrentados en el salón de conciertos de la segunda planta; a un costado había un órgano de dos teclados y pedales. La sala se iluminaba apenas lo suficiente como para que los intérpretes (los miembros de la familia o ilustres invitados, como Joseph Joachim, el más famoso violinista del anterior cambio de siglo y primo de Karl, o compositores como Richard Strauss y Johannes Brahms) pudieran seguir las partituras. El padre era un gran intérprete del corno y del violín. Todos los hermanos, y la madre, tenían un enorme talento musical; todos tocaban el piano y algún instrumento más. Aquel era el terreno en que había una real comunión familiar. Cualquiera que asistía a los conciertos de la familia pensaba que allí estaba la viva imagen de la felicidad, el amor mutuo y el talento. Pero era, en realidad, el único punto de encuentro. En las cartas, comentan conciertos (los de la casa y otros a los que asisten), se sugieren obras, se envían partituras, analizan autores y obras, se comprometen a interpretar juntos obras a cuatro manos; es una correspondencia que respira y vive la música en todas sus manifestaciones —la interpretación, la lectura, la audición, la conversación—, que señala ahí un irrepetible rasgo de época.
Hermine, la hermana mayor, que firmaba sus cartas a Ludwig como Mining, el apodo íntimo de la familia, nunca se casó. Vivió para cuidar a su padre, luego a su madre y, finalmente, a sus hermanos, aunque después de la Segunda Guerra Mundial se apartó de la mayoría. “Me da mucha curiosidad qué será de mi propia vida en el futuro inmediato, ¿conseguiré encontrar el camino a una vida satisfactoria? Vivo inmersa en el día a día hasta que me encuentro metida en un callejón sin salida y tengo que salir penosamente del atolladero”, le escribía a Ludwig a fines de 1920, cuando, a sus 46 años, cuidaba a Leopoldine, pintaba y se hacía cargo de la administración y reformas de las propiedades de la familia en Viena y sus alrededores, mientras su hermano ejercía la docencia en pueblos pequeños en los que siempre (y sin éxito) procuró pasar como alguien común y corriente, y no como uno de los herederos de una enorme fortuna.
Por las cartas sabemos que Ludwig renunció a su herencia al regreso de Italia y la repartió entre tres de sus hermanos. Excluyó a Margaret, porque la consideraba (y lo era) mucho más rica que el resto, porque por su marido había invertido en dólares y así escapó de la hiperinflación europea de posguerra. Ello dio lugar a conflictos entre ambos, después superados.
Varias cartas dan cuenta de la complejidad de la relación entre los hermanos. La más reveladora es la que Ludwig le dirige a Hermine un mes antes de la Navidad de 1929. Ella y Paul seguían viviendo en el palais familiar. Ludwig le propone que, para la celebración de la fiesta, inviten a amigos. Tras argumentar que puede conversar con cada uno de sus hermanos, pero nunca con dos al mismo tiempo, continúa: “Todos nosotros somos huesos duros de roer, estamos llenos de aristas, por eso no podemos acercarnos demasiado. En cambio, todo va de fábula cuando hay amigos presentes y dan a nuestra reunión un tono más ligero u otras cosas que a nosotros nos faltan. Naturalmente no quiero decir que cada uno solo vaya para ver a sus amigos y no para encontrarse con sus hermanos, pero cuando estamos juntos solo nos sentimos a gusto si nos diluimos entre amigos”.
La propuesta —de acuerdo a cartas posteriores— fue aceptada y la celebración de esa Navidad fue un éxito.
Helene (Lenka, para la familia) fue la que mejor hizo una vida fuera del círculo familiar. Se casó con Max Salzer, político vienés, y tuvo cuatro hijos. Como le dice Ludwig a Hermine en una carta, “Helene es la única de nosotros que posee una alegría totalmente inocente y es de veras sociable”. Ella y su marido eran muy cercanos a Ludwig, tal como se muestra en la correspondencia, dominada por un tono festivo y cariñoso, con bromas y hasta palabras en clave. Su correspondencia con Ludwig es, con todo, escasa, aunque, según todo parece indicar, se debe a que la mayoría de esas cartas se perdieron.
Margherita, Gretl o Greti para la familia y los amigos, y Margaret cuando anglificó su nombre, fue la más conflictiva de las mujeres, por su aire altivo, sus frecuentes salidas de tono, su autoritarismo y su mal genio. Es la tercera protagonista en importancia en el libro. Aunque Paul haya sido tanto más famoso, Hermine habla mucho más de ella que de él. Y, mientras duró la Segunda Guerra, fue la corresponsal casi exclusiva de Ludwig, tanto así que los editores hicieron una selección de sus cartas. Su esposo estadounidense, Jerome Stonborough, era objeto del odio de Paul y de Ludwig desde muy temprano y, luego, aborrecido por toda la familia.
Los menores eran conocidos como Die Buben, los niños o los chicos. Tenían 17 y 15 años respectivamente cuando Rudolf se suicidó en Berlín. El intercambio entre ellos, hasta avanzados los años 30, suele ser entre práctico, divertido y cariñoso, pero poco revelador. Hay excepciones, desde luego, como cuando Ludwig se sincera con Paul respecto de sus condiciones como pianista. Le critica, con mucha claridad, que quiere hacer desaparecer al compositor con su interpretación tan expresiva de su personalidad. Es una polémica antigua y todavía vigente. A favor del filósofo se puede señalar que Paul le encargó a Maurice Ravel una pieza extraordinaria, el Concierto para la mano izquierda y, sin preguntarle al compositor, hizo cambios sustanciales en la partitura para que se acomodara a su estilo de interpretación. Ravel se indignó, prohibió su ejecución con los arreglos de Paul y ganó el duelo entre ambos.
En el volumen también hay muy pocas menciones de uno de los pasatiempos favoritos de Die Buben, que llamaban la “colección de despropósitos”. Intercambiaban recortes de diarios, noticias y textos notorios por sus errores tontos. En 1936, Paul le envía a Ludwig un folleto titulado Loquimur latine, que contenía conversaciones contemporáneas en latín. Ludwig se lo agradeció mucho y agregó en esa lengua: “La estulticia no tiene límites conocidos. La vacuidad de los cerebros aumenta de un día a otro”.
¿Y Ludwig?
Vemos a un personaje que en familia es cariñoso, preocupado y severo. Vemos la huella de su trabajo filosófico en cartas donde hace tempranas disposiciones testamentarias sobre sus manuscritos, se los envía a sus hermanas (como su Conferencia sobre ética, la única pública del filósofo, que le envió a Margaret a comienzos de 1931) o encarga que busquen alguno de sus textos escritos a máquina o manuscritos en el palais familiar. En una carta a Paul sobre obras de teatro, vemos la profundidad y riqueza de su análisis textual; y, en muchas otras, su enorme proximidad con la creación musical, la estructura de las obras y el modo en que se entrelazan o renuevan la tradición. Sabemos que escribió una confesión que difundió entre sus hermanos y cercanos; según indican las notas, no todos la leyeron. Sabemos de su ascetismo y de su intento por evitar, a toda costa, la vanidad, sobre todo porque estaba muy consciente de la admiración que despertaba entre sus alumnos y quienes lo rodeaban.
Y poco más. Pero ya solo eso vale la pena.

Los Wittgenstein, una familia en cartas, Ludwig Wittgenstein, edición de Brian McGuinnes y Radmila Schweitzer, traducción de Isidoro Reguera, Acantilado, 2025, 352 páginas, $31.000.