Alberto Fuguet: “Todavía creo que el arte puede generar debate, conversación y, por último, odio”

El escritor y cineasta publica Ushuaia (Un destino melodramático), novela que aborda la compleja relación madre-hijo. Desenfadado y mordaz, dice que su nuevo libro es su respuesta a “la literatura de los hijos”. El autor de Mala onda, además, subraya su independencia como escritor: “No tengo militancia política ni tampoco estoy en la academia”.

por Javier García Bustos I 26 Junio 2026

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La cita es en el café Rebelde, en el tercer piso del MUT, en Santiago. Es viernes y Alberto Fuguet (63), quien debutó en la literatura con los cuentos reunidos en Sobredosis (1990) y la novela Mala onda (1991), es uno de los invitados a una lectura en torno al Bloomsday, el evento anual que celebra a Leopold Bloom, personaje de la novela Ulises, de James Joyce, y que en esta oportunidad organiza la librería Azafrán.

Una hora antes, Fuguet se tomará un café, hablará de sus lecturas y de su nueva novela, Ushuaia (Un destino melodramático), publicada por editorial Tusquets, su casa editorial desde el 2023. Pero también hablará de cine y de literatura chilena, de Augusto d’Halmar, Mauricio Wacquez, Jorge Marchant Lazcano y de Diamela Eltit, quien también ese viernes participó en el Bloomsday, mientras comparte afanoso la lectura de uno de los libros que tiene entre sus manos: Mothers and Sons, del autor irlandés Colm Tóibín.

No es casual la lectura de Fuguet. En su último libro, el vínculo entre madre e hijo define una historia trágica, conmovedora y que tiene antecedentes reales. El protagonista de Ushuaia (Un destino melodramático) es Bruno Lucero, un joven que escribe en un blog, va a talleres literarios y mantiene una especial relación de dependencia con Leticia Lucero, su madre. Lo cierto es que todo comienza con ella, quien es argentina y está a cargo de una farmacia en Maipú. Leticia llegó al país a mediados de los 80 desde San Luis.

“Era mejor ser libre en la cárcel de Chile que estar presa en casa. (…) Lo bueno de Chile es que es un país al que no le interesa el pasado. El pasado lo borran, lo demuelen, lo desaparecen”, dice Liticia en Ushuaia, que transcurre hasta los primeros años del 2000 con la desaparición de Bruno, el hijo que se extravía. El libro de Fuguet además se arma a partir de los relatos escritos por Bruno, de testimonios ajenos que lo perfilan, de la voz de Leticia, y de notas periodísticas que se refieren a un destino de sinsabores e incomprensión.

En un comienzo Ushuaia llegó a tener 500 páginas. A librerías llega una versión de poco más de 300. La novela está dedicada a Santiago “Chago” Errázuriz, quien tenía 18 años cuando fue encontrado muerto cerca del río Mapocho, en noviembre de 2005. Es el inspirador del personaje de Bruno Lucero. Antes de que ocurriera el fatal desenlace, Fuguet vivió de cerca el proceso de búsqueda de “Chago”, incluyendo los carteles “Perdido” pegados en las paredes de la ciudad. Nunca se conocieron, pero “Chago” era escritor y lector de Fuguet.

“La historia partió con Bruno y, diría, que Leticia fue la sorpresa”, comenta el escritor. “Creo que las semillas de este libro partieron el 2005, luego otras semillas se agregaron el 2014, firmé un contrato por el 2016 con Penguin Random House y después me di cuenta de que no me salía el libro, pero también me di cuenta de que no quería hacerlo con ellos. Y me costó mucho alejarme de ellos. No es posible que no te sientas a gusto en tu propia casa”, señala el autor sobre su cambio de editorial. Desde hace tres años su obra se publica y circula por editorial Planeta.

Creo que este libro coquetea, dialoga, abraza y saluda a Bolaño. Es más, el último cuento que escribe Bruno mira mucho a un cuento, que me parece es notable, de Bolaño, que se llama ‘Últimos atardeceres en la tierra’. El problema de Bolaño es que cayó en las manos equivocadas. Creo que es un autor mucho más pop y normal de lo que se cree. Es menos intelectual de lo que se cree. Le interesa el nazismo, los videojuegos, el porno. Hoy está siendo vendido como alguien ilegible y superior a todos. Bolaño murió y no pudo conducir su obra.

Has definido Ushuaia como un “thriller existencial o un policial emocional”. El tema de la salud mental también está presente…
Yo soy de la época en que se usaban las palabras directamente, donde la gente era depresiva, se suicidaba, se mataba, era internada… La gente era violada, abusada… No había eufemismos. Las cosas ocurrían como siempre. Creo que usar el término “salud mental” es hacer un poco de trampa. Porque Bruno, el protagonista del libro, no sufre de salud mental, Bruno viene fallado de fábrica, con cosas que no puede superar a pesar de las terapias posibles.

Autores, categorías y Bolaño

Por estos días Alberto Fuguet terminó de leer el libro No tengo que ganar. Mi verano con Diamela Eltit, de Javiera Tapia y lee I Want My MTV, de Craig Marks y Rob Tannenbaum. Fuguet está interesado en las biografías orales. “Hacer una gran crónica de un mundo, donde no haya solamente una sola fuente. Y por qué no, el día de mañana poder hacer una biografía oral falsa”, dice quien hace 30 años, en 1996, publicó junto a Sergio Gómez el libro antológico McOndo, donde reunió una serie de nuevas voces latinoamericanas.

Fuguet le ha dado voz y ha recopilado obras de otros en Mi cuerpo es una celda (una autobiografía) de Andrés Caicedo (2008) y Todo no es suficiente. La corta, intensa y sobreexpuesta vida de Gustavo Escanlar (2014). Dos autores de vidas intensas y al límite.

Más allá de que es ficción, Bruno es un personaje que nace de la realidad, ¿está en la misma órbita que Andrés Caicedo y Gustavo Escanlar?
Creo que sí. Los tres son promesas que no se cumplieron. Bruno es el chico que cae, tropieza y se equivoca. También Bruno tiene algo de mí. Pienso qué hubiese pasado si yo me hubiese suicidado o me hubiesen matado. ¿Qué hubiese pasado conmigo solo con la publicación de un par de cuentos? Incluso antes de comenzar a publicar, yo salí segundo lugar en un premio del diario La Época, donde en el jurado estaba Diamela Eltit, quien votó por mí. Este libro, Ushuaia, también intenta responder a la pregunta de por qué no sobreviven los mejores y los buenos desaparecen, o se los come la máquina y terminan trabajando en una fábrica.

En un momento de la novela Bruno se presenta y dice “Bruno Lucero como Juana Lucero”. Un guiño al libro de Augusto d’Halmar.
Augusto d’Halmar debería ser mucho más famoso que otros. Tiene una vida loca y ¡dan ganas de ser escritor! El mejor homenaje a Augusto d’Halmar lo realizó Jorge Marchant Lazcano con su libro De ahí venía el miedo; de ahí se puede hacer una serie.

Al final de Ushuaia agradeces, entre otros, a Jorge Marchant Lazcano, Manuel Puig y Mauricio Wacquez. ¿Puedes explicar el gesto o el homenaje?
El subtítulo de la novela es un guiño a un ensayo de Manuel Puig. A mí me atraen harto los escritores B, esos que llegan más tarde a la pseudoconsagración. Y en Chile creo que hay claramente quienes se inscriben como escritores A, B, C e incluso D. Creo que Marchant Lazcano está ahí, en esos grupos que no son A: es importante, pero no tiene fama, plata, respeto y tampoco ha sido enarbolado por algún sector ideológico. No es el favorito de nadie: ni de las mujeres ni de los gays ni de los pobres. Su libro La Beatriz Ovalle creo que es increíble. Es muy distinto, pero en muchas cosas Ushuaia es mi Beatriz Ovalle. Y en el caso de Mauricio Wacquez, es el escritor que perdió, se lo comió la figura de José Donoso, pero ahora está ganando. Siempre he pensado: qué habría pasado si Wacquez se hubiese quedado en Chile y él hubiese dirigido el taller de Donoso. Otro gallo cantaría. Es una fantasía. Pero, finalmente, fui a los talleres de Donoso y de Antonio Skármeta.

No me gustó La ola, de Sebastián Lelio, pero sí La misteriosa mirada del flamenco, de Diego Céspedes. Sobre el actual cine chileno y también la literatura, creo que por primera vez está teniendo una condición de clase y de geografía. (…) Siento que en La misteriosa mirada del flamenco el director no está mintiendo: conoce esa mirada, a esa gente, y no se está riendo de ellos. Lo mismo me sucedió con la película Cuerpo celeste, de Nayra Ilic, y Denominación de origen, de Tomás Alzamora. Hoy se hace cine con menos culpa. En la literatura ocurre algo similar: ya no se buscan tantas historias universales ni se es tan posero.

Pero tú eres un escritor que estaría considerado en la categoría A, ¿no?
Eso no me corresponde a mí decirlo. Mmm, no creo que del todo. No… Yo no soy Diamela Eltit, a pesar de que ella alude, en este libro que publicó Javiera Tapia, al fracaso. ¿Pero cuándo ella ha fracasado? Yo me siento más B que A; por ejemplo, creo que nunca me van a dar el Premio José Donoso. Todavía me ven como alguien simpático, interesante, que puede funcionar, pero se preguntan: ¿es realmente un escritor? Además, creo que aún está esa duda de si soy realmente chileno, si es que soy parte del grupo… No tengo militancia política ni tampoco estoy en la academia. Esta novela, Ushuaia, es medio argentina, medio chilena y transcurre en Maipú. Y el mundo cultural y académico todavía tiende a ser Providencia. Quienes toman decisiones en este país siguen siendo burgueses.

¿Es Ushuaia, entre otras cosas, una novela sobre la dictadura?
Así es. No sale Pinochet en la portada, pero la dictadura se puede narrar desde diferentes ángulos. Desde la parte kitsch y cómica. Creo que el personaje de Bruno es hijo de la dictadura. Y eso no lo vuelve un héroe. Este libro es mi respuesta a “la literatura de los hijos”. ¿Qué significa ser hijo de la dictadura? Algo que nadie me ha explicado muy bien. Y Bruno es hijo de la dictadura. Y Maipú, donde transcurren los hechos, es un experimento del neoliberalismo, una comuna que puede elegir sin culpa como alcalde a Cathy Barriga y luego a Tomás Vodanovic.

De alguna manera Ushuaia dialoga con la obra de Bolaño, que tiene a personajes que escriben, van a talleres, concursan y no siempre ganan…
Podría haber conocido a Bolaño. Me invitaron a un encuentro literario en Sevilla, en 2003, pero no quise ir. Sabía que él estaría y me daba miedo. A mí siempre me ha gustado su trabajo. Creo que este libro coquetea, dialoga, abraza y saluda a Bolaño. Es más, el último cuento que escribe Bruno mira mucho a un cuento, que me parece es notable, de Bolaño, que se llama “Últimos atardeceres en la tierra”. El problema de Bolaño es que cayó en las manos equivocadas. Creo que es un autor mucho más pop y normal de lo que se cree. Es menos intelectual de lo que se cree. Le interesa el nazismo, los videojuegos, el porno. Hoy está siendo vendido como alguien ilegible y superior a todos. Bolaño murió y no pudo conducir su obra.

En las “Lecturas sugeridas o complementarias” de los colegios siempre aparecen tus libros. ¿Cómo crees que dialogas con las nuevas generaciones?
Me interesa, de las nuevas generaciones, que no clasifican todo. Si hay algo que te gusta se puede complementar. Me refiero a la literatura, el arte o el cine. No dividen. En su lista de intereses puede estar Leonard Cohen, Bertolucci, Mauricio Wacquez y Andy Warhol. Contrario a los intelectuales. Creo que los intelectuales están como 30 años atrasados. Me da curiosidad lo que hoy ocurre con los jóvenes. El mundo no se acabó el 73, el 90, el 99; tampoco para la pandemia. Hay temas que abordé en los 90 y siguen interesando: lo pop, lo urbano, la sexualidad, la depresión y el cine.

Después de dirigir películas como Se arrienda, Música campesina, Velódromo y Cola de mono, ¿preparas algo nuevo?
Estoy más viejo y quiero concentrar mis energías en hacer más libros. Además, el cine nuevo son las series. Yo me crié en un mundo donde el arte sí era tema. Hoy hay muy poco arte que se vuelve tema. Hoy es raro saber para qué está el arte. Todavía creo que el arte puede generar debate, conversación y, por último, odio. No me gustó La ola, de Sebastián Lelio, pero sí La misteriosa mirada del flamenco, de Diego Céspedes. Sobre el actual cine chileno y también la literatura, creo que por primera vez está teniendo una condición de clase y de geografía. Antes, solo era Andrés Wood que iba de vacaciones a lugares lejanos. Siento que en La misteriosa mirada del flamenco el director no está mintiendo: conoce esa mirada, a esa gente, y no se está riendo de ellos. Lo mismo me sucedió con la película Cuerpo celeste, de Nayra Ilic, y Denominación de origen, de Tomás Alzamora. Hoy se hace cine con menos culpa. En la literatura ocurre algo similar: ya no se buscan tantas historias universales ni se es tan posero.

 

Fotografía de portada: © Joaquín Salinas.

 


Ushuaia (Un destino melodramático), Alberto Fuguet, Tusquets, 2026, 341 páginas, $22.900.

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