Maggie Nelson sobre por qué el arte contemporáneo es adicto a la violencia

El arte de la crueldad es un libro importante y con frecuencia sorprendente, donde la escritora y crítica de arte da a entender que la condición humana es sufrimiento: el mejor arte dramatiza lo que sucede cuando los impulsos éticos chocan con los monstruos internos, pero estas representaciones mismas dejan un residuo repugnante. ¿Qué hacemos con este superávit violento?, es una de las preguntas que recorre este ensayo que lee la vanguardia en términos de crueldad. Después de todo, el shock estético ha respaldado la mayor parte de nuestra innovación cultural durante más de un siglo.

por Laura Kipnis I 25 Marzo 2021

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Los bien intencionados lamentos sobre la violencia en los medios de comunicación generalmente me dejan con ganas de golpear en la cabeza a alguien con una llave para desmontar neumáticos. Para empezar, el espíritu reformista se dirige invariablemente hacia los peldaños de abajo de los idiomas culturales, a los dibujos animados, las películas slasher, la pornografía, la música rap y los videojuegos, mientras que la carnicería y el derramamiento de sangre en Shakespeare, Goya y la Biblia consiguen un salvoconducto. La violencia de baja cultura es literal, mientras que la violencia de alta cultura es simbólica o alegórica y está sujeta a una interpretación crítica. La violencia de la baja cultura es embrutecedora, la violencia de la alta cultura es edificante. Y cuanto más baja sea la forma cultural, o el precio de la entrada, o —digámoslo de una vez— el supuesto nivel de educación del espectador típico, más se sospecha que las representaciones de violencia inducen a una emulación irreflexiva en sus audiencias, que pronto volverán a escenificar el desastre como monos moralmente impugnados, a diferencia de los espectadores de, digamos, Tito Andrónico, en cuya inteligencia moral la sociedad confía.

Maggie Nelson tiene sus lamentos sobre las representaciones violentas, pero en El arte de la crueldad, ella los dirige de manera refrescante en gran medida hacia la parte de arriba en la escala cultural, hacia las bellas artes, la literatura, el teatro, incluso la poesía. Lo que le interesa es el “ataque frontal a las barreras entre el arte y la vida que mucho del arte del siglo XX luchó tanto por llevar a cabo”, a menudo mediante el uso de la violencia y la crueldad, simuladas o reales, incluyendo crueldades infligidas físicamente a la persona del artista o afectivamente a la psiquis de la audiencia.

 

Five Deaths (1967), de Andy Warhol.

 

Por supuesto, el programa estético del modernismo cultural se ha resumido durante mucho tiempo en la máxima épater la bourgeoisie. En lugar de dar por sentada esta directriz, Nelson profundiza en las variedades de la crueldad perpetrada contra nosotros, los burgueses, para nuestro supuesto mejoramiento, lo que el crítico de arte Grant Kester ha llamado la “estética ortopédica”. El arte de la crueldad estetiza la violencia, no necesariamente de maneras escrupulosas. Ese arte puede ser temerario y disperso, provocado por el deseo de hacer que los demás se sientan tan mal como los que sufren injusticias y  traumas, cuyas experiencias son tomadas de manera vicaria por artistas que buscan conmocionar. Aporrea al público para que capte el punto. Es responsable de un siglo de Enfermeras Ratched en el mundo artístico, empleando sacudidas de terapia de electroshock estético y disfrutando de manera indecorosa de apretar la nariz de las personas hasta que les duela.

Este es un libro importante y con frecuencia sorprendente. Al replantear la historia de la vanguardia en términos de crueldad y al cuestionar el engreimiento y el didactismo de artistas-clínicos como el famoso accionista vienés Hermann Nitsch y otros herederos de Sade y Artaud, Nelson está asumiendo el dogma más apreciado del modernismo (y del posmodernismo). Después de todo, el shock estético ha respaldado la mayor parte de nuestra innovación cultural durante más de un siglo. Así que este libro podría leerse como el fundamento para una estética pos-vanguardista, una que, imagina Nelson, podrá “conducirnos… a una manera más sensible, perceptible, perspicaz, animada, colaborativa y justa de habitar la Tierra”.

Pero no hay que ir tan rápido con los planes de mejora del mundo. El juego de palabras del título de Nelson refleja una cierta dualidad en su pensamiento: la danza de la acusación está entrelazada con grandes dosis de aprecio, por no decir fascinación, con el arte de la crueldad. Ella objeta sus impulsos mesiánicos mientras es adicta a sus escalofríos.

Pero no hay que ir tan rápido con los planes de mejora del mundo. El juego de palabras del título de Nelson refleja una cierta dualidad en su pensamiento: la danza de la acusación está entrelazada con grandes dosis de aprecio, por no decir fascinación, con el arte de la crueldad. Ella objeta sus impulsos mesiánicos mientras es adicta a sus escalofríos; aunque preocupada por el arte que perpetúa el ciclo de violencia, está cautivada por la brutalidad de artistas como Francis Bacon, piedra de toque para el libro. Ella sigue volviendo a él como a un mal novio del mundo del arte, dando vueltas en torno a su obra, obsesionándose y protestando —él amplifica el dolor innecesariamente, lo corteja y exalta—, antes de finalmente renunciar a él por sus collages de trozos de cuerpos argelinos, el último intento en su relación. Salvo que esto le brinda la oportunidad de ensalzar las imágenes de Warhol de la serie de colisiones de automóviles y de sillas eléctricas, porque “era limpia y clara, sin pretensiones, sin componente existencial”.

Las opiniones de Nelson pueden ser peculiares y difíciles de cuadrar unas con otras, pero nunca dejan de ser interesantes, todo un logro en lo que podría haber sido un divagar en forma libre a través de los atolladeros de las preocupaciones estéticas de otra persona. Y decir que ella es contradictoria no es una crítica: ¿cómo debemos lidiar exactamente con el conocimiento de que algo éticamente escuálido puede ser también emocionante?

 

Shoot (1971), de Chris Burden.

 

Saltando como una liebre entre géneros y medios, incluyendo incursiones en los pantanos de la cultura pop, Nelson es más fuerte cuando está en su momento más iracundo, escribiendo con furia controlada contra el anti-intelectualismo y la vulgaridad del presente. Ella no tiene tiempo para el populismo fingido, ella es una desvergonzada elitista cultural: fulminante con los reality shows televisivos, con Lars von Trier y con el dispensador de brutalidad de media ceja Neil LaBute (cuyas obras ella llama “terriblemente petulantes” y “carentes de carácter”). Se usa a sí misma como instrumento de registro, tomándose constantemente su temperatura estética: “Me sentí enojada. Después, sentí repugnancia. Al final, me sentí aburrida”. Estos informes tienen un empuje fenomenológico, mezclado con detalles fisiológicos. Ella recuerda “una especie de memoria vibratoria del estado psíquico inquietante” inducida por el videoarte de Ryan Trecartin. Sobre una pieza de Yoko Ono, escribe: “Anhelo ver caer su ropa, ver sus senos expuestos, pero también siento un creciente sentido de alarma, empatía e injusticia al ver su cuerpo vulnerado”. Le gusta el arte que la deja moralmente incómoda, y por la forma elogiosa con que cita a Kafka —“Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa”— supongo que ella desea inducir el mismo estado en sus lectores.

A menudo lo hace, moviéndose a una velocidad vertiginosa de la violencia política de la vida real a las imágenes de tal violencia (incluidas las de los sitios web sobre derechos humanos), de la violencia real en el arte de la performance (Chris Burden le pide a un amigo que le dispare; Marina Abramovic invita a los espectadores a herirla) a los impulsos violentos de artistas como Bacon. De vez en cuando sentí la tentación de protestar por estos saltos casi de ballet, pero Nelson, quien también es poeta, es una escritora tan grácil que finalmente solo me recosté y disfruté del espectáculo. Junto con sus temas, Nelson está constantemente atenuando la distinción arte-vida, conduciéndonos, por ejemplo, desde la crueldad de las instalaciones que derraman sangre de la artista Ana Mendieta hasta un tiroteo real por parte de una profesora universitaria, luego haciendo una pausa en medio de su paso de jeté para ofrecer un figurativo disparo a la rodilla a los críticos hombres que consideran tales casos de violencia femenina como un índice perverso de igualdad de género.

Nelson es más fuerte cuando está en su momento más iracundo, escribiendo con furia controlada contra el anti-intelectualismo y la vulgaridad del presente. Ella no tiene tiempo para el populismo fingido, ella es una desvergonzada elitista cultural: fulminante con los reality shows televisivos, con Lars von Trier y con el dispensador de brutalidad de media ceja Neil LaBute.

Nelson comprende que lo que hace que la violencia sea tan cautivante, como tema y como espectáculo, es la imposibilidad de separar lo que está “allá afuera” de lo que está “aquí dentro”, y su distinción: difuminar los trenes de asociación modela el problema. La mayoría de nosotros, como ella señala, tenemos “grandes reservas de malicia, tráfico de influencias, egocentrismo, miedo, sadismo o simple mezquindad de espíritu”. Ocasionalmente sentimos la necesidad de herir y de destruir.

Nelson no es reformista; de hecho, es maravillosamente audaz cuando se trata de menospreciar las buenas intenciones, así como crítica de la “compasión facilona” de los que buscan la justicia social (demasiado a menudo condescendientes e ineficaces) como también lo es de la sangre misógina en las películas de explotación. Ella sospecha que la condición humana es sufrimiento. El mejor arte dramatiza lo que sucede cuando los impulsos éticos chocan con los monstruos internos, pero estas representaciones mismas dejan un residuo repugnante.

¿Qué hacemos con este superávit violento? Es una pregunta que recorre el libro. Lo que no se menciona es que Nelson ha escrito dos libros anteriores, una memoria y una colección de poesía y prosa, sobre una situación de violencia en su propia historia familiar: el asesinato en 1969 de una tía a la que nunca conoció, la hermana menor de su madre. Así que Nelson también ha sido una practicante del arte de la crueldad, transformando la violencia en un oficio. Son exactamente estas cosas no dichas, las fascinaciones no dominadas que se desarrollan en la página, las que hacen que este libro sea tan impredecible y original.

 

 

Artículo aparecido originalmente en The New York Times. Se publica con autorización de su autora. Traducción: Patricio Tapia.

 

El arte de la crueldad, Maggie Nelson, Editorial Tres Puntos, 2020, 304 páginas, $40.000.