Carla Cordua: “Los tiempos serán nuevos, a pesar de las fuerzas conservadoras”

La filósofa, autora de Sloterdijk y Heidegger, Pasar la raya y Partes sin todo, entre muchos otros libros, plantea que el coronavirus subraya la indefensión que nos provoca estar a merced de algo de lo que tenemos muy poco conocimiento. “Estamos como la gente de esas poblaciones inocentes que de pronto son objeto de campañas de propaganda que inducen a sus miembros a servir en una guerra de la que nunca habían oído hablar y con la que no tienen nada que ver”, dice en esta conversación donde se explaya sobre el sistema de salud, los valores de la democracia liberal y el uso de la tecnología para vigilar a los ciudadanos.

por Paula Escobar Chavarría I 30 Junio 2020

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El coronavirus ha causado, además de la crisis sanitaria y económica, una intensa discusión intelectual global respecto de las consecuencias y cambios profundos que pueda o no traer esta pandemia. La destacada filósofa, académica y Premio Nacional de Humanidades, Carla Cordua, contó por escrito a revista Santiago parte de lo que está pensando acerca de nuevos y viejos debates que se abren.

 

¿Cuál es, a su juicio, el mayor golpe que nos está dando este virus?
Me parece que vino a recordarnos nuestra gran ig­norancia. Un virus desconocido incluso para los mé­dicos, nos ataca sin aviso y nos hunde en el descon­cierto, obligándonos a reconocer nuestra indefensión ante sus efectos totales. Este forastero nos dejará atrás después de su visita, sin molestarse en ofrecer expli­caciones y motivos descifrables.

 

A través de la historia, las pestes y epidemias han ido dejando diferentes huellas. ¿A qué situación histórica previa le parece comparable esta?
Como desconozco las historias de pestes famosas, esta que nos asedia hoy a nosotros y al mundo actual se me presenta como una invasión fatal que hasta ahora no estamos seguros de descifrar. Estamos, creo, como la gente de esas poblaciones inocentes que de pronto son objeto de campañas de propaganda que inducen a sus miembros a servir en una guerra de la que nunca habían oído hablar y con la que no tienen nada que ver. Si no fuera que de pronto, ahora mismo, también nosotros somos arrastrados por los discursos que nos confrontan con supuestos deberes inexcusa­bles y obligaciones, estaríamos, como antes, libres y apartados de la suerte de los demás.

 

¿Cree que la epidemia nos permitirá avanzar hacia mejores modelos de salud pública?
Como ciudadanos de una democracia liberal debiéramos gozar de un servicio estatal ocupado del bienestar normal de la población; una institución que fuera ca­paz de ofrecer los medios que cultivan y favorecen la salud. En esta acepción política de la palabra “salud”, ella designa no tanto un derecho o cierta situación de cada uno, sino más bien a un sector de los servicios que el Estado está comprometido hoy a ofrecer. La epidemia estaría así a cargo de un ministerio bien in­formado y económicamente dotado para atender a los afectados por la enfermedad.

 

La sumisión a lo oficial no es un rasgo notable entre nosotros, más bien al contrario, si uno puede engañar a sus representantes en vez de respetarlos disfrutará de la aprobación popular.

 

La salud está asociada a valores esenciales, como justicia y libertad. ¿Ve entonces que esta pande­mia podría dar pie a observar más críticamente el modelo imperante a escala global?
La relación del orden social con la justicia y la libertad tiene muchas aristas; todas ellas se pueden usar como posiciones reveladoras de la totalidad. Cualquier su­ceso que la compromete puede ser declarado reve­lador del conjunto. Pero, ¿por qué elegiríamos como enfoque del todo a lo más desconocido, recién llegado y pendiente de adquirir un sentido para nosotros?

 

Este tipo de epidemias saca lo mejor y lo peor de nosotros. ¿Cómo encauzarla desde el punto de vis­ta de la filosofía o el pensamiento para que nos conduzca a reflexión serena, en vez de pánico y desborde?
Cuando sabemos que no hay un remedio universal ni una alternativa mejor a la presión que los problemas ejercen sobre nuestras fuerzas, creo que solo cabe aceptarla, reservándose la posibilidad de modificar el problema mismo o de descubrirle una debilidad que lo exponga a un examen crítico que sí ofrece alterna­tivas o una modificación favorable.

 

“La modernidad equivalió en parte a dar por ter­minado el apego al pasado y a sustituirlo por el apetito de un futuro factible debido a nosotros mismos”, escribió en Apuntes al margen. ¿Qué futuro piensa que nos espera?
La cita que propones caracteriza a los modernos di­ciendo que esperaban producir el futuro que habían imaginado. En efecto, fueron así de optimistas, pero entretanto ha crecido mucho la duda sobre el poder propio de gobernar la historia. Hoy preguntamos, más bien, ¿tenemos todavía algo que seguimos lla­mando futuro, aunque no podemos hacer nada sobre lo que vendrá?

 

Capitalismo: dispuesto a defenderse

 

Ha habido un debate sobre si esta pandemia cam­biará o matará al capitalismo, usted ha dicho que no le parece así.
No sé lo que nos espera, pero no veo quién o qué po­dría derrotar el poder del sistema capitalista que está vigente, que sigue creciendo y dispuesto a defenderse.

 

¿Qué se puede hacer para que la democracia libe­ral no quede herida letalmente después que pase el coronavirus?
Si la democracia fuese liberal de veras, cosa que a veces es dudosa, yo no le haría nada para mejorarla. Dejémosla hacer lo suyo.

 

Aparentemente han tenido éxito medidas de con­trol del virus impuestas por gobiernos autoritarios o no democráticos, como es el caso de China o Sin­gapur, a través de la vigilancia tecnológica. ¿Cree que las sociedades occidentales están dispuestas a aceptar esa restricción a la libertad individual o invasión de la vida privada?
Las imposiciones a las que se nos ha sometido sin consultarnos han venido acompañadas de argumen­tos que destacaban la conveniencia médico-sanitaria de las medidas. Las autoridades citan a menudo ejem­plos de tales medidas presuntamente exitosas en su aplicación anterior en otros países. ¿Han resultado convincentes estas justificaciones, de manera que la obediencia a sus reglas procedería, en último término, de la persuasión de la ciudadanía? Me parece que, en la medida relativa en que lo impuesto fue respetado, resulta bien difícil de medir el grado de convicción que formó parte de la conducta obediente. Pues hubo también abierta desobediencia a los vigilantes encar­gados del control de los sectores dominados por la au­toridad. La sumisión a lo oficial no es un rasgo notable entre nosotros, más bien al contrario, si uno puede engañar a sus representantes en vez de respetarlos disfrutará de la aprobación popular. Sin embargo, la sola existencia de esos medios técnicos de vigilancia hace improbable que los Estados occidentales se pri­ven de utilizarlos cada vez que los juzguen apropiados para combatir una calamidad pública.

 

El coronavirus no hay que sumarlo al estallido social, sino más bien restarlo, puesto que las manifestaciones de protesta se han disipado des­de que los manifestantes sintieron que aglomerarse conllevaba un peligro para sus vidas.

 

Este es un escenario ideal para las utopías revolu­cionarias, aquellos que creen que un nuevo orden, por el solo hecho de ser nuevo, será mejor. El virus en Chile se suma al estallido de octubre…
Por lo que veo, el coronavirus no hay que sumarlo al estallido social, sino más bien restarlo, puesto que las manifestaciones de protesta se han disipado des­de que los manifestantes sintieron que aglomerarse conllevaba un peligro para sus vidas. Los ejemplos de Rusia y China me han persuadido de que no es tan fácil refundarlo todo, mucho menos en Chile, que en todo respecto es tan conservador. En todo caso, una refundación de Chile no me preocuparía.

 

¿Qué cambio positivo puede traer este tiempo a nuestro sistema de vida?
Los tiempos serán nuevos a pesar de las fuerzas conservadoras que quisieran prolongar lo heredado. Pues lo conservado no es nunca tan poderoso como para evitar a la larga y del todo la renovación parcial de la vida.