La pregunta más profunda no es si el liberalismo sobrevivirá en su forma actual —probablemente no—, sino si su herencia moral sobrevivirá al liberalismo. Esa herencia (la dignidad inalienable, el límite del poder, la posibilidad de misericordia) es más importante que el sistema político que la albergó durante siglos. Quizás la ironía final sea esta: para que algo de esa herencia perdure, quienes valoran la democracia liberal deberán convertirse en sus conservadores más lúcidos, preservando lo que el liberalismo supo custodiar sin comprender del todo sus propias fuentes.
Crisis de la democracia: los valores que el liberalismo no puede garantizar
“Aunque te diga que la ciudad hacia la que mi viaje tiende es discontinua en espacio y tiempo, a veces dispersa, a veces condensada, no has de creer que puede cesar la búsqueda”.
“Es mejor tomar una comida sin carne que vivir en una casa sin bambú. Sin carne usted corre el riesgo de adelgazar, pero sin bambú usted se volverá vulgar. Un hombre delgado siempre puede engordar, pero un hombre vulgar es incurable”.
“El tirano no es veleidoso, sino sistemático. El tirano no se desparrama en caprichos, sino se concentra en una idea. El tirano es un hombre de principios”.
“La habilidad política es la capacidad de predecir lo que va a pasar mañana, la próxima semana, el próximo mes y el próximo año. Y siendo tan hábiles, después, para explicar por qué no fue así”.
“Un único mandato de la moral puede suplantar a todos los demás: nunca hagas ni digas algo que no pueda ver y oír el mundo entero. Yo, por mi parte, siempre he considerado como el hombre más digno de aprecio a aquel romano cuyo deseo se cifraba en que su casa fuera construida en forma tal que pudiera verse cuanto sucedía en ella”.
“Los pueblos más civilizados están cerca de la barbarie como el hierro más pulido lo está del óxido. Los pueblos, como los metales, solo son brillantes en la superficie”.